EL PENSAMIENTO DE LOS MÁS POBRES

P. Joseph Wresinski

Palacio de la UNESCO, 3 de diciembre de 1980. Extractos.
Traducción: Isabel Acuña

Nota preliminar

De lo que querría hablaros es de la función (y yo diría de buena gana, del deber) que tienen los investigadores del campo de la pobreza, de hacerle un sitio al conocimiento que los más pobres tienen de su propia condición. Hacerle un sitio a este conocimiento, rehabilitarlo como único e indispensable, autónomo y complementario de toda otra forma de conocimiento y ayudarlo a desarrollarse. Y a esta función, ya lo adivináis, se añade otra: la de hacer sitio, rehabilitar y ayudar a consolidarse el conocimiento que pueden tener los que viven y actúan entre los más pobres y con ellos.

I. El conocimiento universitario de la pobreza, un saber complementario de otros

Creo que las cuestiones que se plantea nuestro Movimiento son las siguientes:

  • de qué conocimiento tienen necesidad los más pobres,
  • de qué conocimiento tienen necesidad los equipos de acción,
  • y de qué conocimiento tienen necesidad nuestras sociedades nacionales y las comunidades internacionales para combatir eficazmente la pobreza y la exclusión.

El problema de fondo que apenas hemos reconocido y que todavía hoy no dominamos es que el conocimiento universitario de la pobreza y la exclusión, como, por otra parte, el de cualquier otra realidad humana, es parcial. No hemos dicho, ni siquiera hemos comprendido de modo suficiente, que no puede ser más que un conocimiento indirecto e informativo, que le falta la apreciación de lo real y por eso le falta lo que hace que el conocimiento sea capaz de movilizar y de provocar la acción.

Muchos de nosotros hemos experimentado, llegado el caso, una cierta decepción al ver que no sacamos rendimiento a algunos de nuestros estudios. Tal vez no hemos reflexionado bastante, entonces, en que la investigación académica, en el sentido estricto, debe dar lugar necesariamente a una forma de abstracción, a una imagen de la realidad, vista desde fuera y traducida en términos generales que ya no reflejan el sentimiento, el color de las cosas que impulsan a los hombres a querer actuar para otros hombres. No hemos reflexionado bastante en que, en el conocimiento global sobre la pobreza y la exclusión que debe a la vez informar, explicar y movilizar, la investigación científica debe reconocerse como un componente entre otros. El componente informativo “sin vida”, si se puede decir así, porque se queda sin vida mientras a su lado no encontremos estas otras dos partes de conocimiento:

  • el conocimiento que poseen los pobres, los excluidos que viven, desde dentro, a la vez la realidad de su condición y la realidad del mundo que se la impone,
  • y el conocimiento de los que actúan entre y con las víctimas en las zonas de gran pobreza y exclusión.

Cayendo en la trampa de una sociedad que creía en la supremacía del conocimiento universitario, nuestras universidades han creído, y nosotros hemos creído con ellas, que lo que el mundo necesitaba para combatir la pobreza era el conocimiento universitario.

En ningún momento (creo que puedo decirlo) las universidades se han dicho que la ineficacia política de sus investigaciones pudiera atribuirse al hecho de que el conocimiento construido de esa forma era un conocimiento instructivo, pero no necesariamente convincente y que la parte complementaria susceptible de convencer no podía ser aportada por el propio investigador universitario, sino únicamente por los pobres y los hombres de acción.

II. Dificultades de comunicación entre diferentes tipos de saber

Es cierto que fueron muchos los universitarios que incluyeron en sus trabajos estas dos fuentes de conocimiento: la de los pobres y la de los hombres de acción. Sin embargo (y ¿no es esto lo esencial?) no les han reconocido como autónomos ni como si debieran perseguirlo ellos mismos, los propios autores. Los investigadores han hecho de ello prematuramente una fuente de información para su investigación, más que considerarlo como un método de investigación auténtico por sí mismo, tema de apoyo y no objeto de explotación. Han querido, con toda su buena fe, explotar el conocimiento propio de los pobres y el propio de las gentes de acción para los fines de la investigación universitaria.

Así, sin darse cuenta, han desviado de su objetivo propio un conocimiento que no les pertenecía. Más grave, tal vez sin querer siquiera saberlo, estos investigadores a menudo han alterado e incluso paralizado el pensamiento de sus interlocutores. Esto esencialmente porque no les reconocen un pensamiento, un conocimiento autónomo con un camino y unos objetivos propios.

En cuanto a la comunicación con grupos de población pobres, estoy convencido de que incluso la observación concurrente de antropólogos o etnólogos conlleva este peligro de explotación, de desviación, de parálisis del pensamiento de los pobres. Ya que se trata de una observación cuyo objetivo es externo a la situación vivida por los pobres, situación que ellos mismos no habían elegido y que nunca habrían definido del modo que lo hace el investigador.

No se trata, aquí, de un problema de método, sino de una cuestión de situación de vida; no se puede resolver adoptando otros métodos, sino solamente cambiando de situación. En sí misma, esta observación, que no alteraría sin duda el pensamiento de un grupo que dominara bien su pensamiento y su cultura, tiene un riesgo considerable de perturbar el pensamiento de los grupos pobres, que los dominan mucho menos.

¿Es necesario decir que en lo relativo a la colaboración entre investigadores y hombres de acción se plantea un problema parecido? Las dificultades de esto tal vez no se han analizado tampoco nunca correctamente. Se ha dicho que los equipos de acción difícilmente colaboraban en la investigación porque no veían el interés en ello, porque desconfiaban de la mirada escrutadora del investigador o de su incapacidad para comprender la realidad humana y sus riesgos en la vida de cada día. Incluso se ha dicho que la colaboración se establecía mal porque la gente de acción carecía de pensamiento lógico, que actuaban en nombre de sus intuiciones e impresiones, más que en función de una reflexión racional.

Puede haber algo de cierto en estas explicaciones, pero me parece que no llegan a tocar el fondo del problema. El problema fundamental reside en que el hombre de acción, para tener una contribución valiosa que ofrecer a la investigación universitaria, debe ser considerado, en primer lugar, no como un simple informador, sino como un pensador que tiene, ante todo, que llevar hasta el extremo su propia investigación de conocimiento, para los fines que él mismo se ha propuesto.

Dicho esto, mi propósito no era recordar la fragilidad del contenido de los estudios e investigaciones universitarios derivada de estas dificultades de comunicación. Mi propósito era recordar que el conjunto de esos estudios e investigaciones, cualquiera que sea su grado de calidad, no podía producir un conocimiento global. El investigador, por sí mismo, no es capaz de producir este conocimiento global del que es preciso disponer para combatir eficazmente la extrema pobreza.

III. El saber de los más pobres, un jardín secreto

Permítanme decir algunas palabras sobre el conocimiento y el pensamiento de las familias más pobres. Su saber y su reflexión no se apoyan sólo en su situación vivida, sino también en el mundo circundante que se la ha hecho vivir, en lo que es ese mundo y en lo que debería ser para no excluir ya a los más débiles.

Seguramente no hay necesidad de recordar que pensar y conocer son actos y que todo hombre se plantea estos actos. Poco importan los medios que la vida le ha proporcionado, todo hombre piensa, conoce y se esfuerza por comprender, todo hombre se plantea actos para un fin que es su fin y su pensamiento se organiza en función de ese fin.

Los que piensan que los hombres totalmente empobrecidos son apáticos y que, por consiguiente, no piensan, que se instalan en la dependencia o en el esfuerzo sólo por sobrevivir cada día, esos se equivocan torpemente. Ignoran los inventos de autodefensa de que son capaces los pobres para escapar de la influencia de aquellos de los que dependen, para salvaguardar una existencia propia, cuidadosamente escondida detrás de la vida que despliegan a modo de cortina; detrás de la vida que interpretan para crear ilusión a la mirada exterior.

Este hombre, extenuado de cuerpo y de alma, sabe cosas que otros corren el riesgo de no comprender nunca, ni siquiera imaginar. Su conocimiento, por poco elaborado que sea, se refiere a todo lo que representa estar condenado de por vida al desprecio y la exclusión. Engloba todo lo que eso representa en cuanto a acontecimientos, en cuanto a sufrimientos, pero también en cuanto a esperanza, de resistencia frente a esos acontecimientos. Conlleva un saber del mundo que le rodea, el saber de un mundo en el que él solo conoce los comportamientos para con los pobres como él. El mejor investigador del mundo es incapaz de imaginar esas cosas y, por consiguiente, de formular las hipótesis y plantear las cuestiones que interesan.

Hemos dicho que el investigador se encontraba allí ante un campo de conocimiento del que no tenía los medios para convertirse en experto. Se encuentra, en cierto modo, frente a un jardín secreto de los más pobres. Tal como es, el investigador no tiene los medios para adueñarse del contenido de ese jardín secreto pero además y, sobre todo, no tiene derecho a hacerlo.

Porque ningún hombre tiene derecho, y esto sería en nombre de la ciencia, de perturbar a otro hombre en su esfuerzo, tal vez torpe, pero porfiado, por desarrollar un pensamiento liberador. Porque, repito: perturbar a los más pobres en su pensamiento, utilizándoles como informadores en lugar de animarles a desarrollar su propia reflexión como un acto realmente autónomo, es esclavizarlos. Por cuanto, por su propio pensamiento, están casi sin interrupción en busca de su historia y de su identidad y sólo ellos tienen acceso directo a una parte esencial de las respuestas a sus preguntas. Estas preguntas sobre su historia y su identidad, además de sobre sus necesidades o incluso de sus derechos, se las plantean porque saben, quizás confusamente, pero profundamente, que es por ahí por donde encontrarán el camino de su liberación.

Las familias más pobres agrupadas en el Movimiento nos han enseñado que el no hablarles más que de sus necesidades, reducirles de alguna manera a los “indicadores sociales” que les caracterizan respecto de la investigación científica, sin ayudarles a comprender su historia ni su personalidad comunes, sigue siendo una forma de encerrarlas. Por otra parte son estas mismas familias las que se dirigen al Movimiento diciendo, no “explíquennos”, sino “ayúdennos a reflexionar” y algunas añaden, y son cada vez más numerosas las que lo dicen, “es necesario que pensemos, porque ellos no podrán comprender nunca”.

IV. Apoyar y realzar el pensamiento de los más pobres

Permítanme decirles las razones que, en la experiencia del Movimiento, hacen que la palabra de los más pobres provoque a la acción, mientras todos los demás conocimientos no son más que conocimientos de apoyo a este respecto.

En nuestra experiencia, el haber permitido a los pobres tomar la palabra y decir sus propias verdades, es lo que nos ha procurado tantas adhesiones a través del mundo. No somos más que una simple organización no gubernamental. Si esta organización ha podido durar y extenderse ¿no será porque el mensaje de los más pobres puede convencer porque es irrefutable por la propia razón de su carácter integral?

Ahora bien, lo que parece contar, siempre en esta experiencia de un Movimiento que se enfrenta día a día a las realidades de un combate, es que nuestros conciudadanos escuchan la propia voz de los más pobres, su palabra más que su traducción a través de un estudio universitario. ¿No deberíamos tener la sencillez de admitirlo? El saber que, en este Movimiento, todos pueden escuchar esta palabra y que el Movimiento entero tiene por tarea hacerla trascender es lo que le procura los apoyos políticos que ha podido suscitar.

El pensamiento de los más pobres, esencial para la comprensión de la exclusión, la palabra de los más pobres, esencial para incitar a los conciudadanos al combate.

V. El saber de los equipos de acción

¿Es preciso desarrollar aún nuestras observaciones desde el principio sobre la necesaria autonomía de los conocimientos de los hombres y las mujeres de acción? Ellos tienen que elaborar un pensamiento necesariamente único sobre la acción, sobre las incertidumbres y los hundimientos, las reacciones y cambios, las ideas y las acciones nuevas que provocan su presencia y sus intervenciones. Pensamiento que, también él, tiene necesidad de ser apoyado por personas exteriores competentes. Pero, eso sí, manteniéndose autónomo.

Pensamiento libre de perseguir sus propios objetivos. Que los responsables de la acción los necesitan para llegar hasta la meta de sus compromisos, es algo evidente. Como parece evidente que los más pobres tienen necesidad de tener a su lado, equipos libres y capaces de una reflexión autónoma.

Es verdad que, como se hace con los más pobres, se puede hacer, de la gente de acción y de sus actividades, un objeto de investigación. Incluso se puede, lo hemos dicho, tratar de evaluar en su lugar los resultados de sus esfuerzos. Sin embargo, lo que me parece que nos debe preocupar es que los estudios universitarios, que son ensayos de comprender la acción desde el exterior, no puedan en ningún caso, sustituir el conocimiento que la acción debe tener de sí misma y para sí misma. Queda ahí un campo de todas formas difícilmente accesible al investigador, por las mismas razones que le resulta difícil el acceso a la realidad vivida de los pobres.

Sin duda estarán de acuerdo en que el pensamiento de la acción sobre sí misma es asimismo un componente del conocimiento global y movilizador del que tenemos necesidad para llegar a ser capaces de la acción. La sociedad circundante tiene necesidad de este tercer componente. Tiene necesidad de ejemplos de ciudadanos que se comprometen y tiene necesidad de escucharles, a ellos, tanto como tiene necesidad de las enseñanzas universitarias. Después de la voz de los más pobres, ¿no es, en efecto, la acción comunicable y que se comunica, lo que incita mejor a la acción? ¿No es ella la que puede insuflar a otros el deseo y el ánimo de comenzar a su vez?

Aún con eso, los investigadores tienen, me parece a mí, un servicio incalculable que prestar, comprometiéndose a rehabilitar y apoyar un saber que no es el suyo.

Para terminar

Rehabilitar, apoyar, ayudar a que se desarrollen y se consoliden nuevos planteamientos de conocimiento, conseguir por último la colaboración entre investigadores, poblaciones empobrecidas y equipos de acción, ese es, a nuestro parecer, un papel clave que el Cuarto Mundo expone a los investigadores universitarios.

1ro de febrero de 2006
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Allí donde hay hombres condenados a vivir en la miseria, se violan los Derechos humanos.
Unirse para hacerlos respetar es un deber sagrado.

Joseph Wresinski